Por: Marlon Caro Ojeda 

EscritorioTe pido perdón no sólo por la incomodidad que debe significar para ti la carta de un desconocido, sino también por el atrevimiento de que ese mismo desconocido se presente empezando con el vocativo “Querida”. Pero querida es, entre una larga lista de sucedáneos, la única palabra que tiene esa carga de intimidad y amor mesurado que me permite acercarme sin la humillación de parecer un acosador, pero con el firme reconocimiento de que te quiero. A cada momento siento la tentación de cerrar el cuaderno y, con el fuego benéfico de la bicharra, ahorrarnos dosis parejas de vergüenza y pena. Pero si continúo escribiendo es con la esperanza de remover una fibra íntima que justifique todos estos años de secreta admiración, y así terminar esta historia con la satisfacción del valió la pena.
Entiendes perfectamente, ahora, que estoy enamorado de ti, y aunque nunca hemos hablado y en el mejor de los casos sólo me has visto por un improbable azar, para olvidarme de inmediato, puedo asegurarte que mi vida entera, como la de esas mariposas nocturnas que se inmolan ante las flamas, ha girado en torno a ti. Te conocí de casualidad, en el parque Cáceres, cuando tú jugabas al mundo con unas amigas cerca al busto del héroe acribillado (has números y verás hace ya cuánto tiempo). El tejo que te servía de seña llegó hasta mis pies y tú lo fuiste a recoger. Cuando estuviste frente a mí, miraste con curiosidad el libro que leía y esbozaste una sonrisa cómplice. Si tú pudiste volver a tus juegos, yo ya no pude volver a mis lecturas, pues a cada momento trataba de distinguir tu risa entre la confusión de voces y ruidos ambientales, y por la noche, hondamente fastidiado, traté de convencerme de que esa niña no era ni la más alegre ni la más atractiva de su grupo, así que debía ser fácil olvidarme de ella…
…pero tu risa orló esa noche mis sueños, y también las noche siguientes. Esa fascinación me pareció reveladora, y supe desde entonces y para siempre, y con qué desesperación al pasar los días, que no saldrías de mi mente. Que eras dos años menor que yo lo supe después, pero no representó ninguna ventaja, pues era (aún soy) demasiado tímido como para abordarte y decirte mis ojos te siguen. ¿Cómo, entonces? Esa era mi principal aprensión: ingresar en tu vida de forma violenta, confusa o prosaica. Por eso fui postergando indefinidamente el día en el que entrara en tu vida.
Que soy poeta lo sabe apenas un puñado de amigos, y es evidente que tú lo ignoras por completo. Es menester que sepas, sin embargo, que empecé a escribir para ti. Unos años después de conocerte, fallaba un importante premio nacional de poesía, y supe que era la oportunidad de darme a conocer, con el auspicio irreprochable de los laureles en mi frente. Pulí mis versos, de grandeza germinal pero aún imperfecta: el único tema, dividido en veintiocho poemas, era mi amor febril hacia ti. Werther fue mi seudónimo.
Pero no gané ese año, ni los años siguientes. No me dolió tanto eso, porque en el camino de espinas que es la poesía, no esperaba que la pureza de mi verso impactara en esa progenie de envidiosos que son los críticos. No. Lo que realmente me hirió fue que, mientras yo me desgajaba en busca de una metáfora o un pareado, tú siguieras el rumbo natural de tu adolescencia: te habías enamorado. Esteban fue su nombre, y debes recordarlo con el fuego del primer amor. La vez que los vi de la mano, caminando desinhibidos por la calle Real, no pude soportarlo. Era tonto pensar en una traición, pero así lo sentí. Entré en un estado de nihilismo tal que sólo el embrujo del ron pudo minar, pero en uno de esos trances empecé a abrigar la idea: sólo la perfección de mi poesía podría conquistarte. No sabía en ese entonces si era cuestión de días o décadas, pero en algún momento las palabras confluirían en mí como cantos de sirena imposibles de rechazar. Sólo necesitaba tiempo.
Asustar a Esteban no fue difícil. Apenas unas palabras y aquel que de seguro, con la retórica común del aprendiz de casanova, te había dicho que daría la vida por ti, salió corriendo como una gacela. Te terminó ese mismo día, estoy seguro, sin dar mucha explicación. Y aunque debes haber derramado lágrimas por él, la considero una victoria.
Con los otros hice lo mismo (recuerdo algunos nombres: Juan Pablo, Ricardo, Martín), pero a medida que tus galanes maduraban, se hacía más difícil mantenerlos a raya, pues no eran niños a los que se aterra con un par de palabras, sino hombres a los que había que derrotar con otras armas. Hasta ese malhadado día en que se puso frente a mí el rival más fuerte: Adolfo. Lo querías con locura, y debo decir en favor suyo que también te quería. Por eso te propuso matrimonio. Era alto, apuesto, de modales tan corteses que no hacían imaginar su increíble fortaleza física. Te aseguro que no sufrió, como en cambio sí sufriste tú cuando lo encontraron en el Shullcas, con el vientre hinchado, luego del desbarranco de su camioneta. Créeme: era demasiado bueno para ser cierto. No te convenía.
Comprende entonces que no debes atribuir a la mala suerte ni a un oscuro designio el hecho de que todos tus pretendientes terminaran así. Lamento que en el trayecto la gente empezara con sus murmuraciones y que se te creara la fama de viuda negra que nunca te pudiste quitar y que te ha puesto, ahora que estás al filo de la cincuentena, en una soltería que intentas sobrellevar con estoicismo. No creas que para mí ha sido fácil, pero era un precio que había que pagar. Y si me rebaje a esas infamias fue con un solo propósito: darnos tiempo.
Y precisamente anoche puse el punto final a toda mi poesía. No pienso escribir más. Interminables folios atestiguan mi dolor, pero ahora sí soy digno. Por eso te espero mañana, donde todo empezó. El héroe acribillado no está más, pero yo estaré. Las niñas ya no juegan al mundo, pero como en esos cálidos días de infancia, sólo importa que tú estés en el centro de la foto. Todo lo demás es sólo el decorado, sombras apenas en este mundo que he creado. Que he creado para ti.

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