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Por: Miguel Ojeda

He escrito una canción que no te incluye, pero habla sobre un silencio eterno que posee color, peso y aroma.

Existe una estrofa similar a la abertura de los maxilares de mi gato al bostezar y otra muy distinta como los ojos humedecidos  de mi madre por tanta lágrima almacenada. Me ha costado, de igual modo, lograr encontrar sincronización y forma al movimiento de los ojos y la dirección de la mano de mi mujer al tocarme mientras discutimos. El coro, por su parte, tiene la amplitud de los brazos extendidos de mi hija buscada a la salida del nido. Finalmente la parte en la cual he trabajado más y  más me gusta es el coro. Algo parecido a la pena que intuía de mi abuela al leer en sus labios “¿qué pasará contigo mi pobre hijo?” y los movimientos de las  pocas hojas al recrudecer el otoño.

Me he parado frente a mis amigos para cantarla, intuyendo un ritmo que supongo es general en el mundo de los no sonidos como donde si los hay. La gente que me quiere, comprende mi entereza, y  a veces creo que en verdad les gusta lo que nunca he sabido escuchar.

Desearía  que un poco de mi sueño se convierta en realidad; ahí tengo gravada la voz de mi madre; la de mi hija y muchas más canciones que se me serían imposibles de interpretar.

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