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Dibujo: Nele Urbanowicz

Por: Miguel Ojeda

Es la segunda semana de nieve en Lima. Los niños aprovechan en las laderas de lo que en verano es polvo y casas martilladas con esperanza, a quemar basura para encubrir el frío de todos lares. Otros más audaces, formar con sus manos frías y toseos ásperos, grandes hombres de nieve, que en estas circunstancias no son pulcros por el barro apilado en todos los sentidos donde uno pueda caminar. Las madres no temen al frío y reunidas en grupos hacen varios litros de chocolate caliente, el mismo que no irá directamente a barriga de sus hijos, si no a la venta diaria, fustigadas por la seguridad municipal en el centro de Lima; derruido ahora por el colapso de casonas y el ruido del tráfico millones de veces peor a los años anteriores. Aquí la nieve es gris, el gris de siempre.

En los conos, volviendo rápidamente a ello, los perros hociquean muy bien los cúmulos fríos, esperando algún indigente fresco para hacer valer su sacrificio a los canes. Los gallinazos, curiosamente han migrado no sabe a dónde. Muy de mañana la visión de la capital es una melancólica fotografía. El río Rímac, congelado y minúsculo, alberga a cierto número de niños drogadictas que deslizándose olvidan hambre y dependencia.

Hace mucho que nieva en Lima y algunos piensan que Julio es el mes más triste del año por aquí.

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