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Por: Ramiro Ch. Miranda


Cuando desperté, el tren todavía seguía su recorrido. Vi el reloj del vagón y daban las seis de la mañana. Había salido de la estación la noche anterior pero el trayecto era tan largo que recién llegaría a mediodía a mi destino, la Villa Rica de Oropesa. Fui a comprar algo que desayunar a la cafetería; mientras comía me quedé admirando el paisaje que se tendía a mis ojos, el río de aguas claras que corría paralelo a las vías, los cerros revestidos de frondosa vegetación, los quinuales alzando sus intrincados troncos, el motoy dejando caer sus flores a lo largo del camino, la marmaquilla soltando su perfume. De ese embelesamiento me sacaba de cuando en cuando el trastabillar del vagón. En una de las paradas del tren subió un joven que parecía tener mi edad y sólo luego de un rato de escrutar discretamente sus rasgos pude reconocer. Me levante del asiento y fui donde él:
—Hola Manuel, primo, a los tiempos que uno puede volver a verte— por el inicial silencio presentí que no me había reconocido — ¿No me recuerdas? — hasta que por fin contestó:
— ¿Leonidas, no me digas que eres tú? —al verme con más detenimiento su voz se tornó animada. — ¡Leonidas, primo, claro que te recuerdo!
Como dos personas que no se han visto en mucho tiempo, nos saludamos alegremente con un fuerte abrazo, entonces nos pusimos a conversar alegremente el resto del viaje. Nuestros temas se referían sobre todo al pasado, la época de colegiales durante la cual habíamos sido amigos inseparables, de como era la familia, de los amigos y demás. Estando entre nostálgicos y alegres al fin me atreví a preguntar:
— ¿Y que te ocurrió primo, de que finaste? —le pregunté con cierto temor.
—Un accidente en un autobús mientras iba al Valle del Mantaro —me respondió con naturalidad.
—Debió haber sido hace poco, el año pasado cuando volví para Todos los Santos recuerdo que aún estabas entre los vivos.
—Harán unos ocho meses desde que pasó, quién diría que fallecería apenas un par de años después que tú.
Continuamos conversando del tema, le pregunte más detalles y Manuel lo mismo. Del dolor que se siente morir, de la pena de los familiares, de cómo nos trataba la muerte.
—No recuerdo haber tenido esa visión de toda mi vida cuando pasó el accidente— dijo mi primo — creo que me sentía tan culpable de lo que hice, y de lo que no hice, que solo atiné a poner cara de idiota y a esperar el final.
—Yo en cambió no me di cuenta hasta los tres días, imagínate, yo yendo a la universidad como si nada, a mi cuarto, visitando a los amigos hasta que al tercer día veo un letrero en la universidad invitando a mi entierro, ¡me iban a enterrar y yo ni cuenta me daba!, ese rato fue muy desesperante pero ahora que lo pienso fue hasta un poco cómico.
Todo el tiempo había estado sosteniendo en sus manos un libro pero sólo después de mucho conversar reparé en este.
—Veo que ni aún finado te quitas el hábito de leer —recordándole de cómo siendo más joven era cosa normal verlo con los ojos puestos en alguna obra literaria.
— Vaya que es una verdadera suerte que aún pueda agenciarme libros sino pensaría que estoy en el infierno, siempre es bueno tener un libro de Borges o Ribeyro a la mano.
—A mí de pequeño el abuelo me habían hecho creer que existía el Necromicón, fuiste tú quien recién me dijo que ese libro no existía.
—A decir verdad hace no mucho encontré un catálogo donde ese mencionaban ese libro.
— ¿En serio? — dije con entusiasmo.
—No — dijo mi primo y soltó una carcajada.
Al final seguimos conversando y llegamos a hablar de lo que nuestra abuelita nos contaba acerca de la muerte, cosas como que al morir se recorre un camino en medio de una inmensa pampa o que uno se da cuenta de su propia muerte todavía a los tres días.
— ¿Quién hubiera creído que las cosas eran tal como nos lo contaba la abuelita? —dijo Manuel como reflexionando para si mismo — Que cada año las almas por merced de la muerte podemos volver a visitar a nuestros familiares el día de los muertos.
En ese instante el silbido del tren nos avisaba que ya estábamos prontos a llegar a la estación de tren de la Villa Rica de Oropesa. En el andén nos topamos con más familiares, tíos, tías, primos y primas. Ya reunida la familia, todas las almas nos fuimos a visitar nuestras casas.

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