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 Por: Marlon Caro Ojeda

Ah, Santiago, veo que has regresado… y sin embargo, no esperaba que hoy… pero pasa, por favor. Afuera debe hacer frío, pero ya sabes que aquí no es muy distinto, aunque siempre se puede encender esa estufa que trajiste, sólo que ahora no sé dónde… ¿aún recuerdas cada cosa de este departamento? No creo necesario guiarte, entonces. En algún momento me vi tentada a modificar la disposición de los muebles, de las habitaciones, incluso remover ese tapiz (sé que nunca te han agradado los emblemas celtas, que yo adoro) o pintar todo nuestro cuarto, donde noches atrás… adelante, por favor, esta todavía es tu casa, pasa y comprueba que todo está tal y como lo dejaste.

Nunca olvidaré la primera noche que te quedaste aquí. ¿La recuerdas tú también? No te avergüences, si no te lo reprocho. Yo la recuerdo bien. Todavía no habías adoptado esa manía tuya que me torturó tanto tiempo, y aún eras tierno y amable. ¿Cómo no abrirte, así, las puertas de par en par? Era emocionante verte llegar cada tarde, sentir algo en el estómago, ese vacío que sentía cuando era una niña al deslizarme por el tobogán, mientras mi cabello volaba en esa caída inocua que cerraría su ciclo en mis zapatos tocando la tierra final. Ah, si sabía incluso en qué esquina voltearías la mirada para comprobar que nadie te seguía y estabas libre de persecución, libre de evidencia, entrando en ese terreno de cinco de la tarde que era tuyo, y quizá siempre lo sea. Tenías que burlar aún el primer piso, y luego las sombras te deslizaban hacia arriba, en un lento ascenso que tú hacías cada vez más pesado y que culminaba en tres golpes a la puerta y un innecesario quién. Y entonces eras tú, tal y como creí que eras tú, tal y como me hiciste creer con tus hola amor, cómo estás, un beso fugaz y tirar el saco, vengo cansadísimo, sentarse y dejarse envolver por la complicidad del tálamo tantas noches visitado…

Todo era parte de ese cielo de sábanas azules, ahora tan lejano. Y luego de eso, los poemas, los versos, los cuentos. ¿Fue ahí donde me contaste lo de los conejitos blancos, los conejitos de Cortázar? ¿Ahí la flor amarilla? ¿Ahí la historia de la mujer salida de un sueño? ¿O las últimas horas de Storni, también ahí? Ah, Santiago, tantas tardes-noches que pasamos juntos.

Pero siéntate. Nunca compramos sillones y sólo quedan los esqueletos de sillas que hace mucho no tienen uso. Elige la cama o esos armatostes infieles que alguna vez se quebraron sosteniéndote, o sosteniéndome, o sosteniéndonos a los dos, cuando mi hábitat nocturno eran tus rodillas. ¿Que por qué no te doy un golpe, una cachetada? No, Santiago, no podría. Cierto que a veces recuerdo todo, y antes sólo era peor, créeme. Trataba de no llorar, pero ceder a una  lágrima era quebrar el esfuerzo de todos los pucheros. Cerraba los ojos y el nudo de garganta que alguna vez provino de nuestras peleas nacía entonces de una profundidad más dolorosa, más injusta. Sentía ese vacío interminable, el puño cerrado y deseos de abofetearte y luego llenarte de caricias y abofetearte nuevamente. Sólo entonces era consciente de tu distancia y prefería legar horas de lágrimas a minutos de sueño y no te estoy reclamando nada, siéntate, por favor.

¿Qué hiciste todo este tiempo, Santiago? Quizá te has preguntado qué hice yo, y por eso estás aquí, pero sabes, eso es un tanto irrelevante, pues en tu ausencia mis rutinas continuaron. No, no me contradigo con esto. Claro que no estabas, que el departamento era más grande desde entonces (aunque traté de llenarlo de cuadros, de retratos que ya no encontrarás, no busques). Pero yo todavía esperaba el sol menos pesado para recostarme en el balcón y buscar tu gastado terno azul, tu andar gracioso con las puntas de los pies separadas o tu maletín otrora negro, veo que tienes uno nuevo. ¿En qué había cambiado, entonces, mi situación a pesar de tu partida? Verás que poco, porque incluso seguía buscándote en tu lado de la cama. Mis desvelos me remontaban a las sillas, a los cuadros, al empapelado que repetía runas y trisqueles hasta el infinito. Y la molicie me llevaba a buscarte bajo las sábanas, sentir tu brazo buscándome también. A veces (no sé qué cruel sustancia es el sueño) te sentía en el otro extremo de la habitación, explorando complacido mi desnudez, antes de que mis brazos te acercaran y enterraran tu cuerpo en el mío, encenderme como una antorcha, deleitándome en la aventura que iniciabas y preparándome para recibirte como cada noche, hasta que tu piel dejaba de ser una materia cálida y sólo entonces me daba cuenta de que abrazaba el vaho helado de la habitación.

Sin embargo no esperabas encontrarme aquí, eso lo sé. ¿Te lo contó doña Hilda? Vieja arpía. Me subió la renta desde que te fuiste, según ella porque temía que yo también me fuera. Todas las mañanas subía a preguntar, pérfida, si ya había regresado el joven Santiago. Le contestaba que no, que cuando llegara le avisaría, que muchas gracias por visitar y le cerraba la puerta en la cara. Si ella te ha contado, no me extraña que no sepas cómo sucedió todo. Te dije que siempre te buscaba al atardecer. Colocaba una silla (o lo que quedaba de ella) al filo del balcón, recostándome confiada en sus balaustres podridos, en sus barandas acabadas, y me sentaba a esperarte, con esa esperanza hueca de la que solías burlarte tanto. Esperaba ansiosa cada tarde, diciéndome a mí misma ahora sí, hoy tiene que ser. Pero nunca era, Santiago, nunca volvías. Una tarde, el peso del sol me adormiló y ya no sentí más. Cuando desperté, todo lo que me rodeada era de una sustancia inasible, un espejismo donde la única esencia fija, real, eras tú. Sí, Santiago. Tú ibas cruzando la calle, resplandeciente en la nebulosidad de calles y autos y personas. Grite tu nombre hasta desgarrar mi garganta, pero no volviste la mirada. Me recosté más y más en las barandas para verte mientras te perdías en el éter… de pronto un rechinar ascendente, un crujido y todo fue un túnel negro y vertical que… hay cosas que es mejor no recordar, Santiago.

A partir de entonces dejé de salir, dejé de buscarte en tu lado de la cama. Dejé de limpiar y ahora te explicas el polvo y las telarañas. Dejé de esperar tu regreso y ahora te explicas mi sorpresa al encontrarte hoy. Doña Hilda subió un par de veces y se llevó los cuadros y algunos trastos todavía útiles… quizá ahí se fue tu estufa, Santiago. Supongo que tomó todo eso como parte del alquiler que también dejé de pagar. La última vez trató de llevarse la cama, pero no pudo con su peso y se conformó con un par de abrigos y dos o tres libros. La dejaba hacer sin oponerme, oyéndola farfullar oraciones o salmodias o cánticos religiosos, no lo sé, porque de alguna forma todo dejó de interesarme. Ver este sol era mi único divertimento, solitario y pasajero, irrecuperable.

Pero no te entiendo, Santiago. No temas, ven y conversemos. ¿Qué te ha dicho la vieja Hilda? Mentiras, desde luego, calumnias que te indisponen, pero no las creas. Vamos al balcón, respiremos un poco. El aire frío es siempre el aire adecuado para despejar las ideas, y da la impresión de un vuelo increíble. Basta cerrar los ojos para que las ráfagas congelen la nariz, los ojos, la boca y el vuelo inmóvil inicie. Lo sabía yo, Santiago, la noche en que cedieron las barandas, la noche de la caída. ¿Por qué preguntas otra vez? Sí, fue violenta, el golpe sacudió incluso los cimientos y los vecinos acudieron de prisa. Es extraño, pues oía todo lo que decían y casi podría jurar que no me estaba ocurriendo, que yo era simplemente una espectadora más ante el cuadro de una muchacha que acaba de caer por el balcón. Voces extrañas hablaban, plañían, y un horror de gritos, Santiago, pero lejanos y que ya no me llegaban porque estaba en el balcón. El sol era cálido. No ese sol hiriente, quemador, sino un sol que parece morir, que  invita a la contemplación de sus últimos rayos, a su inútil persecución. Y ahora estás aquí, Santiago, viendo la herida abierta en mi frente, incapaz de reacción. No tengas miedo y cierra los ojos. Siente como yo la tarde, el frío, el sol agónico. Siente conmigo para siempre y salgamos por el balcón al vuelo inmóvil. Cuando estés listo. Ahora mismo…

A Judith

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