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Por: Ramiro Miranda

Biblioteca

Desde hace algún tiempo vengo paseando por los infinitos anaqueles de este recinto. A veces, al azar, cojo algún ejemplar y examino sus páginas todo el día (de alguna forma es diferenciable la luz del sol y la noche por las ventanas). Pero la mayoría de las veces me atengo a seguir un “riguroso” itinerario –no sé hasta qué punto riguroso, puesto que tengo absoluta libertad en elegir lo que desee leer-. Filosofía, Matemáticas, Astronomía, Música, Literatura, Historia, todo aquello que los hombres en su ingenio, o en su arrogancia, han fabricado y todo ello a mi entera disposición. En uno de los tantos anaqueles encontré el siguiente manuscrito:
«La orfandad me acompañó desde la más tierna infancia, la voluntad del Señor permitió que fuera recogido por unos monjes. Criáronme ellos al principio en un albergue hasta los diez años y luego fui enviado a un monasterio, con el pasar de los años también me inculcaron la vocación monástica.
Aquel claustro pertenecía a los jesuitas, grandes cultivadores de la mente y el alma, y grandes también por su avidez de conocimiento. Y aquella misma grandeza los llevaría años más tarde a ser expulsados de territorio español, pero esa es otra historia.
Las circunstancias o el comitrágico destino, hicieron que llegara a la biblioteca. No había cumplido todavía los quince años cuando hube sido designado ayudante del bibliotecario. Antes de eso era yo un simple barrendero del convento teniendo como únicas lecturas unos pocos textos sacros. De un día a otro me vi rodeado de centenares o miles de libros de diversas disciplinas.
Mi aprendizaje en el oficio bibliotecológico fue arduo y transcurrió durante varios años. El encargado de los libros era un hombre de “modesta ceguera”, como él mismo solía referirse a la condición de sus ojos, lo increíble era que a pesar de ese problema, él sabía de memoria que había en cada palmo de la biblioteca. El rigor de mi formación en el oficio se debió –me lo explicó una vez mi maestro- a que yo debía, cuando él ya no estuviera en el mundo terrenal, quedarme con el cargo de bibliotecario del claustro. Cuando el de modesta invidencia dejó este mundo yo ya sabía de memoria en que anaquel se encontraba cada uno de los innumerables libros de la gran Biblioteca, tanto así, que en mis noches de insomnio podía ubicar en la oscuridad, y con exactitud, el libro que deseará repasar.
Como bibliotecario podía tener acceso sin restricción a todos los libros, y digo todos, regodeándome con todo lo que las páginas de innumerables escritos podían contener, y si algún hermano del monasterio me otorgaba el incentivo correcto bien podía hacerme de la vista gorda mientras estaba en la sección de libros prohibidos.
Con el pasar de los años sentí más y más cariño hacia esos escritos, a cada anaquel, a aquellas letras y a todo ese conocimiento impreso en letras (¡Bendito sea Gutenberg!) o transcritos manualmente. Me paseaba feliz por todo el recinto y llenaba mi mente de todo ese caudal de saber y creación humanos, sentí especial predilección por libros históricos. Y así, por mis ojos pasaron las obras de Herodoto y Plutarco que eran las que con más fervor yo leía y releía.
Pasó el indetenible tiempo y ya llegada mi ancianidad tristemente reflexioné que el tiempo a lado de mi amada biblioteca se iba acabando poco a poco. Fue el haber conseguido un aprendiz, luego de décadas de haberme negado, la forma en que acepte mi condición de senectud. Le enseñé lo mejor que pude así que, al menos, dejé el amado recinto en manos competentes.
Una horrible desesperación lleno mi mente poco antes del final. Una mañana desperté y mis ojos ya no percibían la luz del sol, sospecho que eso aceleró mi fin, también sospecho que mi ceguera fue menos modesta que la de mi maestro. Convalecí, no sé cuantos días, sumido en el puro pensamiento, en la pura especulación; un suceso sacramental me devolvió a la realidad, al escuchar a uno de mis hermanos proporcionarme la extremaunción. Estuve respirando algunas ¿horas? aún, hasta que sentí como un hondo suspiro dejaba sin aire mis viejos pulmones y se llevaba consigo la vida.
No sé cuánto tiempo pasó pero mis ojos volvieron a abrirse y de nuevo percibían la luz del día. El sonriente rostro de mi mentor me daba la bienvenida y con su rejuvenecida mano me ayudaba a levantarme del piso, no me sorprendió el hecho de verlo después de tantos años. Lo que realmente me dejo pasmado fue el encontrarme en medio de una enorme biblioteca. Mi preceptor, Jorge Luis de Burgos, tenía razón: el cielo tiene forma de biblioteca.»
El pergamino finaliza aquí, tiene anónima autoría, pero en el único nombre mencionado he logrado reconocer el de mi discípulo.

Huancayo. 2008.

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