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Por: Jhony Carhuallanqui (*)

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Con las tapas de los botes de basura como escudos en una mano y pedazos de adoquines listos para lanzarlos en la otra, la “dulce guerrilla urbana en pantalones de campana… y niñas en minifalda” resistía y desafiaba la severa represión que los gendarmes (Policías) intentaban imponer -a nombre de la autoridad-, en el Barrio Latino de París. Se había originado la más más grande revuelta estudiantil de todos los tiempos: El mayo del 68. 

3La búsqueda de un nuevo mundo (o al menos mejor) era el espíritu que los unía y movilizaba. Resguardados en improvisadas barricadas, pedían a gritos demoler el orden imperante del autoritarismo, la intolerancia, la ortodoxia y el tabú sexual. Representaban una amenaza al sistema que se había instituido y que los había exiliado del poder. El stablishment respiraba “la rabia de las calles” y transpiraba miedo.

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Engalanan sus reclamos las melodías de The Beatles, los Rolling Stone y Bod Dylan. “El Hombre Unidimencional” de Marcuse es la manantial ideario, leen y proclaman a Sartre, Guy Debord, Rosa de Luxemburgo, Habermas, Adorno y Horkeimer y, en ellos, arropaban la revuelta que traspasaría las fronteras de la Ciudad Luz (París), llegando a tener replicas en Roma, Berlín, Tokio, Chicago, México, Argelia, Londres y otros.
“Dany el Rojo” (Daniel Cohn Bendit), de la Universidad de Nanterre se convierte en2 la figura distintiva: Había protestado contra las restricciones de acceso a la universidad que el gobierno impondría, también lo había hecho contra la prohibición de los varones de ingresar a la residencia de las mujeres, pero la dimensión de la revuelta crece cuando en días posteriores se empieza a cuestionar el sistema educativo en general, a la par, el desempleo era creciente, las condiciones laborales inadecuadas y los salarios mezquinos, además, había una creciente oposición a la guerra de Vietnam. Ahora nueve millones de personas estaban en las calles.
El régimen político insensible veía al hombre como peón, a la sociedad como mercado, a la cultura como mercancía y la multitud estaba dispuesta a cambiar esto. La cultura de masas había de ser derrocada: La revolución cubana con El Che lo había logrado y su máxima “Prefiero morir de pie que vivir arrodillado” era la inspiración. Los hippies materializaban del mundo de Paz y Amor que querian.
De otro lado, los medios de comunicación les cerraron las puertas a los manifestantes y ellos convirtieron las paredes en elocuentes murales que guarecían grafitis nacidos de la poesía: “Tomemos enserio la revolución, pero no nos tomemos enserio a nosotros mismos”; “A ti la angustia, a mí, la rabia”; “La barricada cierra la calle, pero abre el camino”.4
En un ambiente anárquico, las barricadas eran muros contra la opresión, los adoquines la fuerza de la libertad y los grafitis el alma: “Seamos realistas: Pidamos lo imposible”; “Dios: Sospecho que eres un intelectual de izquierda”; “El patriotismo es un egoísmo en masa”; “No es una revolución, majestad, es una mutación”; “La burguesía no tiene más placer que el de degradarlo todo” y claro, los dos más recordados: “la imaginación al poder” y “prohibido, prohibir”.

El poder político tambaleo y la dimisión del presidente Charles de Gaulle coronó la revuelta. Hoy, Cohn Bendit es “Dany el Verde”, un Eurodiputado del partido ecologista reformista y prefiere no hablar del tema. Cómo canta Ismael Serrano: “Queda lejos aquel mayo, queda lejos Saint Denis, que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos aquel París, sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual: las hostias siguen cayendo sobre quien habla demás”.

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(*) Mg. en Comunicación Social. También participó como ponente en el conversatorio “Mayo Francés del 68 y el arte de contenido social” que organizó el grupo Sanatorio como parte de la Exposición de afiches: Mayo Francés del 68.

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