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Por: Marlon Caro Ojeda

Foto: Wikipedia

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Franz Kafka (Praga, 3 de julio de 1883) escribió, entre noviembre y diciembre de 1912, una de las obras más perturbadoras del siglo XX. La anécdota es sencilla de resumir: Gregor Samsa, empleado de una firma de venta de paños, despierta una mañana convertido en un enorme insecto, y las nuevas relaciones familiares que irán apareciendo luego de este suceso son el centro de la narración. Así, la nueva condición de Gregor acrecentará la severidad de su padre, quien tendrá que trabajar para saldar una deuda contraído con el patrón de Samsa; generará un conflicto interno en su madre, vacilante entra la repulsión que le causa el insecto y su natural amor materno; y la bondad, por lo menos inicial, de su hermana Grete.
Hay que aclarar que aunque universalmente conocida como La metamorfosis, el título original de esta novela corta es Die Verwanglung, cuya traducción más acertada vendría a ser La transformación. Así nos lo deja saber Jorge Luis Borges en 1983: “Yo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es La transformación, y nunca supe por qué a todos les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate. Yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán.”
Kafka, en una carta a su prometida Felice Bauer, se refiere a su propia novela de la siguiente manera: “Mi amor, ¡pero qué extremadamente repulsiva es la historia que acabo de apartar a un lado para recuperarme pensando en ti! Ha avanzado ya hasta un poco más de la mitad y, en conjunto, no estoy descontento con ella, pero en cuanto a nauseabunda, lo es de un modo e ilimitado…” Dado lo sugerente del inicio, la imaginación de muchos lectores ha concluido en que se trata de una obra de la literatura de terror, acaso con sucesos espeluznantes. El único hecho, insólito por supuesto, pero al que los demás personajes (y con ellos el lector) se irán acostumbrando, es la transformación de Samsa. El resto de la narración se inserta dentro de la tradición realista. Por ejemplo, es curioso que la primera preocupación de Gregor Samsa al despertar convertido en insecto no sea su nueva y abominable condición, sino que iba a llegar tarde al trabajo.
Aunque es una de las criaturas más desconcertantes de ese particular bestiario que es su narrativa (que incluye un pueblo habitado íntegramente por ratones, una imposible cruza de gato y cordero, un inmortal odradek y un simio orador), la noticia de que la edición de 1915 iba a ser ilustrada por Ottomar Stark (dibujante sensacionalista), le generó a Kafka una serie de aprensiones, las que no tardó en comunicar. “Se me ha ocurrido, dado de que Starke será realmente el ilustrador, que quizás esté en su deseo querer dibujar el mismísimo insecto. ¡Esto no, por favor!… El insecto mismo no debe ser dibujado. Ni tan solo debe ser mostrado desde lejos.” Todas las representaciones, pues, que se hacen de este insecto (de las más variadas, según el gusto del editor, desde una cucaracha hasta un ciempiés, pasando por híbridos de humano e insecto), no habrían alegrado a Kafka.

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