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Por: Jair Pérez Bráñez

Foto: Jorge Jaime V.

Foto: Jorge Jaime V.

Don Abilio Gonzáles, el patriarca de la familia, es una artista popular con una larga tradición familiar. Lleva en el arte de la imaginería muchos años, y su familia muchas generaciones. Actualmente él, sus hijos y sus nietos, son los únicos artistas que elaboran Cruces de Mayo en el valle del Mantaro. Sin embargo, nos cuenta que ya no vende porque la gente ya no cree, sólo se dedican a hacerlas por encargo y para coleccionistas. El mayor de sus nietos, Pedro Gonzáles, nos manifiesta que se respeta un orden:

“… sobre la cruz hay elementos que no deben moverse de su estructura, por ejemplo, Sol y luna ya deben mantenerse en ese espacio. El sol al lado derecho superior de la cruz y la luna va, pues, al lado superior izquierdo. Y el espíritu santo, que es la paloma, tiene que ir en la parte de arriba. El rostro indudablemente al medio, los ángeles a ambos costados. Ahora, las manos y los pies se mantienen en este lugar. En nuestra familia, el gallo y la columna tienen que mantenerse en el centro, luego recién el cáliz, después el corazón. Esos son elementos fijos, igual que las monedas y el látigo. Y los demás indistintamente se pueden adecuar en la cruz. La calavera sí, allí se mantiene en la parte baja. Ahora, en (las cruces de) mi abuelo nunca se puede encontrar un rostro con ojos cerrados. Tiene que estar abierto y mínimo de gotas tiene que haber 3. Alguna vez conversaba con mi abuelo: Y por qué esos dos dedos tienen que estar estirados. Mi abuelo me dijo que tienen que mantenerse, porque el clavo, cuando pasa, malogra los tendones de los dedos. En las cruces que elabora mi abuelo están siempre esos dedos (estirados), en ambas manos.”

Del mismo modo el hermano menor de Pedro, Javier Gonzales, nos manifiesta:

“Está estructurado… como un cuerpo humano. En el fondo el rostro, a los extremos está la mano, abajo están los pies. Y las pasiones están allí ¿no?, forman parte del cuerpo humano, eh… según la cosmovisión andina: el hanan pacha, el mundo de arriba, formaría en la paloma, el sol, la luna y los ángeles. El kay pacha es el cuerpo ¿no?, hasta donde esta el… la muerte. La muerte viene a ser el uqu pacha, es el mundo de abajo, entonces, un poco que eso se da en la cruz, como está estructurada ¿no? Ahora, de acuerdo al color, el contraste y los colores vivos, eso un poco refleja el mundo Wanka, el mundo del valle del Mantaro, es muy expresivo, muy vivo. Lo que contrarresta por ejemplo a la cruz de Ayacucho ¿no?, que es muy trágico, muy doloroso. Aquí es muy vivo, muy alegre, en el fondo una cruz tú la ves, no es triste ¿no?, es vivo es alegre, es festivo.”

Una cruz está formada, según los textos, de un conjunto de iconos que rememoran el sufrimiento de Cristo en el Gólgota. Algunos de estos iconos denominados pasiones, tienen en el valle del Mantaro, una estructura inalterable, mantienen una posición estándar, que es conjugada con las pasiones que sí modifican su posición, las cuales poseen una carga semántica de menos gradación en importancia.
Así, las pasiones son en algunos casos más. Pero, la familia González, quien es actualmente la única que elabora Cruces de Mayo en el valle del Mantaro, indica que debe mantenerse la presencia de 33 pasiones. Éstas son reinterpretadas en cada lectura que de ellas hacen los pobladores andinos y sus mismos elaboradores.
Algo que es evidente en la descripción y explicación que realiza Pedro González, es que él asume una focalización desde la cruz en su descripción, nombrando de este modo la posición del sol y la luna, algo atípico en una descripción desde la cultura occidental, ya que se tiende a describir desde el punto de vista del espectador y no, como lo realiza Pedro, desde el objeto descrito.
La imaginería como actividad creadora es un arte naturalista y muy realista, cada artista y cada familia de artistas posee un sello característico que subyace en sus creaciones. En este caso, algo característico en la familia González es la posición de los dedos, así como también las gotas de sangre y otros rasgos que evidencian una profunda sensibilidad y capacidad de observación. Por otro lado, Javier González tiene una coherente interpretación de la posición de las pasiones, equiparándola con la cosmovisión andina. Realiza su lectura de la cruz desde una perspectiva antropomorfa, que no desentona con su primera lectura. Además señala el papel de los colores que tiñen los maderos: uno muy expresivo muy alegre, con respecto al valle del Mantaro, y otro muy doloroso, muy trágico, refiriéndose a la cruz de Ayacucho, lo cual curiosamente es comparable con los estilos musicales característicos
de cada zona. Asimismo debemos resaltar la carga semántica que posee el color verde, ya que hace rememorar a la naturaleza y, por ende, a la fiesta agraria de la cosecha.

Nota: Las entrevistas fueron recogidas en mayo del 2002.

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