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Héctor Meza

Por: Marlon Caro Ojeda

Héctor Meza Parra (Jauja, 1963) es uno de los escritores más importantes de la literatura actual de Junín. No sólo por tener la capacidad de manejar registros, como el cuento infantil, juvenil y el de corte adulto, sino porque con la publicación de “Los mataperros” (Acerva Ediciones, 2012 y 2013), ha logrado conquistar a un público tradicionalmente difícil: los niños. Actualmente vive en Tarma, donde se dedica a la docencia. Lo encontramos en la Feria del Libro Zona Huancayo y nos concedió una entrevista en la que nos adelanta algunos de sus proyectos.

Sanatorio: Nos hablaba acerca del éxito de su libro Los Mataperros, que ya va por su segunda edición, ¿puede contarnos un poco sobre el génesis de esta obra?

Héctor Meza Parra: En verdad nunca había pensado publicar este libro ni que iba a tener la repercusión que tiene. El proyecto más temprano era una novela sobre inmigración. Mi hijo Álvaro, que ahora es un jovencito de dieciséis años, me pidió que le contara detalles de mi vida. Le dije que yo había tenido una infancia muy divertida y anecdótica. Por ejemplo, que casi nací en el centro de la laguna de Paca. El caso resultó así, mi mamá estaba embarazada de mí y paseaba en bote con mi padre por la laguna, y por un percance por poco sucumbe. Ella quedó tan  afectada, que tuvo que ser llevada de emergencia al hospital Olavegoya de Jauja. Y de ese susto nací. O por ejemplo, cuando tenía un año y medio quedé huérfano y fui creciendo en diversos brazos de vecinas y tías, hasta que mi abuela Mamatoya dijo: “yo me hago cargo de este chiquitín. Si vive, vive” (Risas). Creo que por eso no recuerdo a mi mamá. En cuanto a mi padre y mis tres hermanos, los conocí muy tarde. También tuve tres hermanas, pero las tres murieron: una de neumonía, otra por envenenamiento y la última por un accidente. Estas tragedias las pasé a positivo con añadidos de humor y fantasía que hoy alimentan mis historias. Por eso, pese a las contrariedades,  siendo niño silvestre fui feliz, porque mataperreaba al lado de mis primos Élver y Lucho. Pero esa vagancia trajo algo bueno: nos despertó la creatividad. Por ejemplo, a los diez años inventamos la dinamita sin saber que un tal Alfred Nobel ya lo había hecho antes, o un carricoche que volaba solo y al que llamábamos La carreta…

Sanatorio: ¿Era la “carreta voladora” que aparece en su novela?

Héctor Meza Parra: (Risas) Sí, efectivamente, y muchas cosas por el estilo, siempre en grupo. Esas historias de la dinamita y la carreta están especificadas en el libro. Varios inventores hubiesen aprendido mucho con esta novela. Desde ahí viene nuestra solidaridad con mis primos. Nos queremos mucho ahora que frisamos los cincuenta años. Ahondando un poco más, Álvaro y mi esposa me repetían que si había escrito varios libros, ya era tiempo de uno que recogiera mis anécdotas de niñez. Yo me resistía, porque pensé que a nadie le interesaría un libro de travesuras. Y entonces fui publicando pequeñas historias de este tipo en el semanario de mi ciudad, La Voz de Tarma, y no te imaginas las llamadas telefónicas que recibía de los adultos pidiéndome que continuara con esas historias. Un día me di cuenta de que tenía material suficiente para una novela. Entonces llamé a mi amigo Juan Carlos Suárez Revollar, de Acerva Ediciones, pues había visto unas publicaciones muy cuidadas que había realizado con obras de Sandro Bossio, Gerardo Garciarosales, Carlos Villanes Cairo y otros, y le pregunté sobre la posibilidad de publicar mi libro, y Juan Carlos, quien se mostró reticente en un principio, aceptó la obra. Entonces la novela mutó a otro título.

Sanatorio: ¿Cómo se iba a llamar?

 Héctor Meza Parra: “Me llaman Ángel pero soy un diablo”.

Sanatorio: ¿Es difícil hacer literatura para niños? ¿Qué se requiere para cautivar al público infantil?

Héctor Meza Parra: He conversado con muchos amigos y me dicen que es difícil, pero siento que a mí se me hace sencillo. Me valió ejercer la docencia por más de veinte años, eso me ha permitido conocer su sicología y su idiosincrasia. Por ejemplo, hay un estribillo que dice: “Negro bembón, saca la jeta por el callejón”, que gusta mucho, y eso lo aprendí de ellos. Por esos códigos que mis alumnos me enseñaron comprendí que la literatura debe tener un lenguaje fresco, sencillo, ameno y humorístico.

Sanatorio: Ha trabajado también el cuento, pero ya desde una temática un poco más adulta. Por ejemplo, recuerdo “El escudo”, que transcurre en Oxapampa…

Héctor Meza Parra: Es casi un cuento autobiográfico. Como te dije, mi vida está llena de situaciones anecdóticas, y este cuento es en parte la historia de mi padre, quien era conocido en Oxapampa como “El tinterrillo Meza”.  Yo lo relato ahora con ironía. Él me dijo que ese escudo con la doble S se lo había regalado un refugiado nazi en agradecimiento. Mi papá no era abogado pero sabía mucho de leyes, por eso lo defendió ante los tribunales sin cobrarle un sol. Yo guardé en secreto ese escudo por años,  hasta que finalmente decidí venderlo porque necesitaba para “los frijoles”. Al realizar la transacción resultó ser falso. Ese escudo con las SS pertenecía a la marca de una moto: Seseta Susuki. No sabes cómo odié a mi padre en ese momento.

Sanatorio: Recientemente se ha publicado en España la reedición de la antología Literatura de Junín, de Isabel Córdova Rosas, en el que está incluido….

Héctor Meza Parra: Es un honor el que me haya considerado. Presiento que se ha equivocado conmigo, pero tendrá sus razones. Conozco a muchísimos escritores de ese voluminoso libro, sobre todo a los más jóvenes, todos ellos con premios y lauros en las manos: Luis Puente de la Vega, Juan Carlos Suárez Revollar, Augusto Effio, y también estás tú, Marlon. Aparte de ellos, doy fe sobre otros a quienes hay que mirar con atención, Nancy Rojas Güere, Daniel Gutiérrez Ventocilla, Diego Macassi, Eliana Vera Zevallos, etc. Recuerdo que Apolinario Mayta también ha hecho un trabajo antológico importantísimo de la literatura Asháninka. Allí hay una gran veta. Pero también es una pena tener en la Región Junín buenos escritores que no han tenido la oportunidad de publicar un libro. A Isabel la felicito por ese libro monumental que se ha convertido ya en patrimonio cultural.

Sanatorio: Hace momentos mencionaba un nuevo trabajo que estaba preparando. ¿Puede contarnos un poco?

Héctor Meza Parra: Mira, tengo una novela en proyecto y es  muy probable que se llame El secuestro de Glenda. Es la historia de una niña alemana que llega con los colonos a la selva del Perú en el siglo XIX y que es raptada por el jefe de una tribu amuesha. Pero esta novela ha quedado pendiente, me gusta pensar que se debe a otra travesura de Los Mataperros. Amigos muy generosos me piden que siga escribiendo la segunda y tercera parte y a mí me corresponde hacerles caso. A Oscar Colchado Lucio le dije que voy a intentar seguir sus pasos como él lo ha hecho con ese personaje entrañable que es Cholito. Cholito se ha convertido en depositario de nuestras costumbres, leyendas y mitos, igualmente quisiera que Los Mataperros sea una saga de tres libros, donde se reunirán historias y anécdotas ya no sólo mías, sino también de mis amigos. Contando historias ajenas pienso divertir a mis lectores.

Sanatorio: Hay quienes sostienen que está surgiendo una nueva narrativa andina, ya no tomando los tópicos tradicionales, sino un poco más abierta a temas universales…

Héctor Meza Parra: Claro que sí. Desde que es literatura estamos hablando de libertad. La literatura no tiene por qué tener parámetros. Escribir es, en cierta forma, ser mataperro. Los parámetros los ponemos quienes escribimos con una direccionalidad hacia lo urbano, lo rural, lo infantil o juvenil. En el caso, por ejemplo, de Sandro Bossio, él ha sido atacado muchas veces porque siendo un buen escritor tal como lo es Augusto Effio, no toca temas regionales. Sus temas son cosmopolitas. Esto ha pasado con otros escritores y lectores que tienen todavía sembrado ese espíritu regionalista y que afirman erróneamente que un escritor debe contar lo que está frente a sus narices. León Tolstoi, que vivió en el siglo XIX, en algún momento dijo “describe tu aldea y serás grande”. Bueno, yo estoy de acuerdo con Tolstoi, pero hay que recordar que vivimos en el siglo XXI, donde todo está más cerca y, por lo tanto, globalizado. Hay que escribir para ganarle a lo visual, sin reparar en geografías ni fronteras. Al mismo Vargas Llosa también se le reclamaba por qué no escribía historias de Arequipa siendo arequipeño, y él respondió muchas veces que no estaba obligado a suscribir esa tesis, a riesgo de resentir a sus paisanos. Pero Arequipa entendió, y ahora lo tiene como uno de sus hijos más preclaros.

Sanatorio: De hecho, hace años hubo un desencuentro entre criollos y andinos. Y ahí precisamente estaba Vargas Llosa, diciendo que al fin la literatura peruana había dejado atrás regionalismos, sin saber que la mitad del auditorio se consideraba a sí mismo como andinos…

Héctor Meza Parra: Sí, desde luego, pero tengo entendido que nadie se paró y refutó. En ese “otro lado” estaban, Iván Thays, Alonso Cueto y Santiago Roncagliolo. Y bueno, fíjate, creo que eso va a continuar. He hablado mucho con Oscar Colchado Lucio, que es hijo de Ancash, y escribiendo como escribe, con ese español quechuizado y sacando a luz sus mitos de los wamanis o del Wallallo Carhuincho, seguirá conquistando lectores en todas las latitudes. Óscar es un provinciano al que actualmente Alfaguara tiene en vitrina como uno de sus mejores autores. Pero el segregacionismo también se dio a inicios del siglo XX. Ahí tenemos a Abraham Valdelomar, Clorinda Matto de Turner o César Vallejo, todos provincianos que se ganaron el respeto y un buen nombre. Definitivamente, son muchos, pero cuando hay calidad literaria, las fronteras desaparecen.

Sanatorio: Finalmente, ¿qué opina sobre los piratas?

Héctor Meza Parra: A su modo son unos mataperros que hacen lo que les sale mejor. Aunque no me reportan un centavo de los miles de ejemplares que han vendido, solo me queda agradecerles porque los han llevado a donde yo nunca imaginé llegar.

 

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