Etiquetas

, , ,

Por: Hagen Ojeda

Foto: labrujuladelazar.blogspot.com

Tenue madrugada, siempre húmeda y  eventualmente fría. Ya pasó el verano y del sur viene gélido ese aire frío que por momentos apesta y otras desinfecta el ambiente empalagoso venido de la fábrica de galletas.

“Joven Manuel se ha retrasado el pago del alquiler del cuarto. Necesito urgente el dinero. No estaré en casa. Asegúrese de juntar. Otra cosa más. Trate de no patear a mi perro. Sin que se dé cuenta lo he estado observando y creo que así no se comportan los estudiantes, principalmente los de su universidad.”

Vieja de mierda. Se ha vuelto a ir dejando apestando a los perros en el primer piso y ha olvidado al viejo a punta de galletas y de botellas de Inka Cola. Jodida vida. Mierda. Tengo una semana para conseguir el dinero del alquiler. No debí comprar  tantos libros. No los voy a leer. Me ha pasado que los compró porque siento que nunca veré más esas ediciones o cuando alguien a mi lado ojea uno con mucha atención y comenta a su amigo que es una gran novela, un verdadero trabajo, el comprador pregunta el precio y como no tiene el dinero, se va. Espero que se distancie y lo compro. He tenido suerte de encontrarme con autores pocos conocidos o de pagar caro el azar de un comentario. Así me pasó con el Libro de Paula. No me refiero al título, sino a esa edición de Salinger  y El guardián entre el Centeno que se veía tan pulcra, con grandes letras y un papel no tan brillante ante el sol. Lo compré por un pequeño que con voz temerosa decía a su papá  que se lo habían pedido en el colegio. Que el Profesor Quintana hablaba grandes cosas de su personaje. Me imagine su salón y el profesor Quintana sentado al borde de la carpeta, con una mano alzada sosteniendo el libro y con la otra graficando en el aire partes de la historia, todos estupefactos, otros no tanto  y muy pocos pensando en cosas que se piensan a esa edad. El niño preguntó su precio pero al momento lo absorbió una Mafalda reeditada, de gran formato y con colores que remitían a un estadio por art de Quino. Al dejar libre el otro libro lo compré presuroso, guardándolo junto con un Murakami y entre ellos una bolita de naftalina, eficaz contra las polillas.

Han pasado cuatro días y no he conseguido ni un puto sol. Tengo algo de sopas instantáneas, un cúmulo interminable de tediosas lecturas. Esa necesidad sexual que preferiría obviarla o cambiarla con el de la contemplación y un poco de productividad. Al final me he desbarrancado y después de masturbarme he sentido el agobio de la soledad. Con algo de tiempo que siempre uno lo tiene preparé la sopa, casi robotizado. Tres minutos haciéndola, cinco minutos en comerla, diez segundos en eructar y medio hora después en ir al baño, defecar, olvidarte del asunto del hambre y pensar, siempre contenerme en mi pensamiento, mirar el vacío como queriendo llorar, bonita frase la de Vallejo y no llegar a la conmiseración, buscar algo, algo pero sólo hallar al abuelo, mirándolo por la ventana, asqueado con sus propios orines y comiendo o casi comiéndose a sí mismo en su  horrible soledad. Es ahí que me siento un poco mejor y puedo dormir.

Paula ha nacido tres meses antes que yo. Dice que le encanta la música indie y preferentemente las películas de Europa Oriental. Le fascina el pescado y tiene pesadillas con un tío de la infancia. Vive a menos de media hora de mi casa. Estudia a diez minutos de la facultad. La he visto hace un día con un blue jeans azul, una chompa holgada que sobrepasa su cintura y que deja por un lado ver su hombro con muchas pecas. Siempre lleva un bolso viejo, anteojos anchos y una gorra ladeada para un lado de su frente. Ella es una cojuda hipster.

El anciano ha caído queriendo ir al baño, se ha golpeado no sé si la pierna o la cadera. Está como tendido en el suelo algo cansado, manchándose con sus propios orines, con los orines de los perros y con la mierda de haber tenido esto como vida. Su pijama es coincidentemente como las de los judíos en Auschwitz que ve retratados por filmaciones en los documentales ensordecedores que ve a diario. Con los cuales ríe y exalta el nombre de Hitler. Bueno a veces se le salen cosas como “chúpame la pinga alemán de mierda” o “tu si eres un líder”. Es un Quijote moderno que de tanta película quisiera convertirse en un soldado de la sacrosanta vanguardia tierra germana. Lamentablemente esta recluido por una chola desmondongada, que quizás yo ayudaría a matar.

Se ha levantado. El perro ha pensado que juega y lo ha lamido. De una certera pata ha estampado al mínimo junto al muro del fondo. Por hoy, eso lo ha molestado más que el hecho de haber tenido unos hijos así, de nunca haber salido de Lima, de pagar el alquiler en su propia casa y que lo saquen solamente para recibir el dinero de la pensión. Vuelve al cuarto prende el televisor y pone los repetitivos documentales. Unísonamente me coloco los audífonos. Reviento mis tímpanos con solos de jazz en la batería y leo el Guardián Entre el Centeno y las anotaciones de Paula. Estoy enamorado. Siento que la vida es buena.

-Este es tu Libro

-¡Sí!… ¡Hola! Es mío pero hace mucho me lo robaron.

-Lo encontré y te lo he querido devolver. Se hace injusto que otros lo toquen. Más con tus anotaciones.

-No es para tanto. ¿Cómo te llamas?

-Este… (Manuel, el que fantasea con el olor de las páginas que supongo has tocado. Soy algo así como tu sombra cuando andas con tus amigas. Te sigo casi hasta tu puerta. Sé que estás menstruando- lo averigüe al verte ir a la botica y comprar toallitas- y que a veces no entras a clases por quedarte leyendo a Eliot en el jardín. Te he soñado conmigo a lo largo de la selva peruana, buscando drogas con las cuales mirar y expandir los sentidos. Te he dicho en otro sueño que has esparcido tu aliento en el mío-frase más poética que he podido hacer para ti. En otro he conversado con tus padres, me he vuelto un poco hippie. Tengo el nombre de nuestros hijos y casi he pensado en tener dos gatos y un perro; al perro lo obviamos. Paula no me dejes  y hagámonos viejitos, como higos, así de arrugaditos y flácidos. Elijamos que nos desconecten de la máquina, juntos. Tomémonos Rakumin en un brindis tétrico después de que nuestros hijos, malditos por el tiempo en que han vivido, nos dejen, nos olviden y vengan en navidad, trayendo un panetón. Trayendo a sus hijos. Hazme recordar el horario de mis pastillas, el nombre de esos hijos  inmundos; de quién soy yo cuando me atañe el olvido. Paula caminemos un poco, si quieres en la lluvia o debajo de los arboles, pero caminemos. Hazme cosquillas así no quiera y dime que soy tremendamente orgulloso al dejarte cuando discutimos. Repréndeme por lo que fui en mi vida pasada y dime que contigo si va ha ser para siempre. Que cursi me he vuelto. Hagamos el amor nomás.)…Manuel. Me tengo que ir. Adiós

-¡Hey! No te vayas… que chico tan raro.

Anuncios