Etiquetas

, , , , , , ,

Por: Adolfo Eleison

Julio Cortazar Portrait Session

En cierto prólogo a Madame Bovary, un crítico afirmaba que, con todo lo admirables que son sus obras, no podíamos considerar a Gustave Flaubert como un genio. Para él, un genio auténtico era por ejemplo Cervantes, de quien se sabe compuso sus obras sin corregir demasiado (“à la diable”), guiado por impulsos que son difíciles de entender por otro que no sea él mismo. No así Flaubert, un escritor compulsivo, quien era capaz de purgar páginas enteras, para salvar una frase e incluso sólo una palabra. El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro tenía también una forma particular de entender la genialidad, sin siquiera poder definirla pues “es algo que se siente, un soplo de aire desconocido, un aerolito que cae en un jardín cultivado y que modifica instantáneamente el paisaje.”

Todo esto lo digo porque en el prólogo a “Papeles inesperados” (editados póstumamente por Aurora Bernárdez), Carlos Álvarez Garriga se sorprende que luego de más de dos décadas de la muerte de Julio Cortázar, se pueda reunir suficiente material para componer un libro de inéditos (entre poemas, microrrelatos, reflexiones y otros escritos inclasificables), que sobrepase las cuatrocientas páginas. Lo escribió en 2009, y hoy sabemos que la cosa no ha quedado ahí: este año se han editado sus Clases de literatura, transcripción de trece horas de charlas que ofrece Julio Cortázar en Estados Unidos. Un cabeza más de la hidra es su obra en conjunto….

Y es que Julio Cortázar  (Bruselas, 26 de agosto de 1914) fue un creador múltiple, quien trabajo algunos de los registros más difíciles, como el cuento y la poesía. Aunque quizá la magia de sus cuentos estribe también en la musicalidad, la cadencia y los movimientos de sus mejores poemas. Es magistralmente poético el inicio de esa joya llamada Carta a una señorita de París:

“…me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará.”

También manejó un género que hoy está sumamente extendido: el microcuento. Tanto en Historia de Cronopios y Fama, como en Un tal Lucas, podemos encontrar piezas únicas del género, tales como:

“Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.” (Historia)

“Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.” (Amor 77)

Pero hay otro registro, menos difundido, en el que se ve la capacidad de Cortázar sorprendernos como en los mejores de sus cuentos: la conversación.  Nos asegura Vargas Llosa que era genial escuchar a Julio Cortázar y Aurora Bernárdez (su primera esposa, de quien se separó en 1967 y con quien volvió los últimos años de su vida), por la inteligencia de su conversación, las citas literarias de que hacían gala, además de la genialidad de los conceptos (que no por eso eran ceremoniosos). “Muchas veces pensé: «No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en su casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas y las bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual»”, nos confiesa un perplejo Vargas Llosa.

Sea la genialidad un pálpito inexplicable o el producto consecuente de un trabajo, podemos estar seguros de algo: Julio Cortázar (el maestro, el cuentista, el poeta) es ese aerolito que ha caído en el jardín latinoamericano, insoslayable, a quien no podemos quitar de en medio, sólo rodear con reverente afecto y seguir adelante, y a ver qué pasa…

Anuncios