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Por: Héctor Meza Parra

Foto: Kattya Lázaro

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No era un viernes cualquiera el día en que Saúl conoció a su papá. Acababa de cumplir dieciséis y sobrevivía por inercia a borracheras peregrinas, insomnios crónicos y deudas agobiantes.
Al llegar a quinto de secundaria, supo por su madre que tenía a su padre vivo y, para conocerlo, viajó en camioneta hacia Oxapampa. Durante la travesía sufrió los machetazos de una lluvia despiadada, que a los pocos minutos lo redujo a la categoría de estropajo. Para mediodía, al descender el carro por una serpenteante vía de abismos que, por momentos, desaparecía en la neblina, Saúl ya había vomitado tres veces. Cuando llegó, después de ocho horas, saltó de la plataforma, sacudió sus cabellos de rockero y sacó del bolsillo trasero un cartoncito con una dirección: Jr. Mullembruck 316. Al preguntar a un tipo rubio que se escondía del sol debajo de una de las palmeras, le respondió: «doblando la esquina». Sin darle tregua a la tarde, se dirigió a aquella casa de madera que estaba a dos cuadras de la plaza principal. El olor a hierba húmeda que emergía del suelo compensaba su dolor de cabeza. Al dar con el número, intentó tocar la puerta, pero se detuvo por unos segundos a contemplar la ventana. Allí se topó con unos ojos grandes e inquisidores que colisionaron con los suyos. Después de un rato, ambos coincidieron en una venia protocolar. Sin sacar las manos del bolsillo, tragó un poco de saliva y se anunció desde el sardinel. Sin reproches fue invitado al comedor por una mujer bonita que exhibía un lunar ermitaño en el seno. Al ingresar, le esperaba una sonrisa evangelizadora y una mano franca que, al apretarla, sintió la seguridad de que no era hijo del aire.
—Usted debe ser mi papá —dijo.
—He esperado este momento, Saúl. Conversemos. Siéntate.
—Así estoy bien.
—Bueno, nadie podría negarlo. Somos dos gotas de agua, ¿no Ofelia? —dijo abrazando a su mujer.
—Ummm —respondió ella.
Durante diez minutos, Saúl le reclamó por los dieciséis años de olvido, pero su padre diestramente soltó una hemorragia de argumentos convirtiendo cada acusación en difamación. Luego sentenció:
—Tu madre no era mujer para matrimonio.
—Eso no está en discusión —replicó Saúl, indignado.
Minutos después, su padre le pidió calmar la tempestad. Le hizo saber que padecía de un cáncer que —según él— Dios le había alojado en el colon. Pese a la confesión, Saúl permaneció imperturbable.
Sin embargo, los días fueron amainando las aguas y su padre conquistó la confianza de Saúl. Para demostrárselo le enseñó su estudio privado, donde hacía mucho no ingresaban el sol ni el polvo, tampoco los litigantes. Luego le entregó las llaves para que entrara el día que quiera y así conozca sus medallas y condecoraciones cuando lo nombraron ministro. Al día siguiente, a la hora de andar revisando, observó que detrás de los quince diccionarios, había una caja dorada del tamaño del puño de un bebé. Al abrirlo apareció un escudo de metal conteniendo una doble S. Cogió el cofrecillo con la punta de los dedos, lo puso sobre el escritorio y espantó el polvo de un soplo. Se acomodó frente a él con ojos escrutadores y empezó a investigar los signos. Para su bien, el estudio estaba habitado solo por arañas y un sonidito huérfano del reloj que por momentos moría al crecer sus latidos en el corazón. Guardó la cajita en el bolsillo y, cuando se aprestaba a cerrar la puerta, se encontró con los ojos de su padre.
—¿Qué intentabas hacer? —le interrogó.
Con ingenuidad, tartamudeó y le explicó que le había llamado la atención ese objeto.
—No lo tomes a mal, papá.
—Si quieres saber mis secretos solo tienes que leer los periódicos que están sobre el sofá —explicó su padre.
Saúl depositó violentamente el cofre en sus manos y levantó la voz:
—Ya los vi. Por eso te ocultaste en la selva. Sé que la policía algún día dará contigo— y agregó tras una pausa—: Nunca debí llevar tu apellido.
—De eso culpa a tu madre.
Su padre encendió un cigarrillo y se sentó, ignorándolo.
—Si te fijas bien, este no es un escudo común.
Saúl guardaba silencio.
—¿Cómo llegó a tu poder?
—Me lo regaló un exiliado nazi —sonrió con desgano—. Era otro que andaba huyendo por haber pertenecido al Escuadrón de Protección de Hitler. Lo alojé por un tiempo. Aún conservo sus gafas y una carta fechada hace seis meses. Ahora es ciudadano brasileño, gracias a un amigo en migraciones.
—¿Encubriste a un criminal? —le reprochó Saúl.
—Solo fui un buen samaritano para Damián Holstein.
Después de discutir durante horas, terminaron por la madrugada haciendo las paces.
—Solo por curiosidad, ¿cuánto costaría este escudo si quisieras venderlo? —preguntó Saúl, bostezando.
—No menos de cinco mil dólares.
Emocionado cerró los ojos y se soñó sepultando sus deudas y viajando por Arabia. Su padre, que leyó algo en ese rostro acongojado, habló fríamente:
— Es tuyo, y sé que a partir de hoy cumplirá un rol en nuestras vidas.
—¿Me lo estás regalando?
—Tómalo como una compensación.
Saúl lo abrazó y, por primera vez, le dio un beso en la frente. Su padre hizo lo mismo y no despegó su pecho durante varios segundos reafirmándole en cada caricia que no era tarde para recuperar el tiempo perdido. Sellando el pacto con otro abrazo, Saúl juró sigilo y prometió regresar el próximo año.
Al llegar a casa, más alegre y dicharachero, retornó a las cantinas ufanándose de tener un padre y una fortuna. Tanto corrió la noticia por el pueblo, que una tarde un anticuario, llegado de la capital, se presentó ante él.
—No te preocupes —decía—, no es mi costumbre delatar a nadie. —Solo muéstramelo y si te animas hacemos negocio.
—No tengo intenciones de venderlo —respondió Saúl, con acento poco convincente.
—¿Acaso dije lo contrario?
Al día siguiente el anticuario esperaba en un bar cerca a la plazoleta Alvariño. Al llegar con la cajita, se sentó mirando con desconfianza a las vigas del techo y, casi sin respiración, la entregó mientras sorbía el primer trago.
El anticuario abrió la caja cuidadosamente, pasó la yema de los dedos durante unos segundos por las jorobas de las SS, y haciendo una mueca, hizo tronar una carcajada lapidaria:
—Este no es ningún escudo nazi —dijo mutando la risa en enojo—. Es la marca de una de las primeras motos japonesas que llegaron al Perú. Se llamaban Suzoko Sezeta. De ahí las SS. Y dándole una palmada en el hombro, desapareció sin pagar las cervezas.
Saúl, volvió a observar el objeto y vio cómo los cinco mil dólares se diluían entre sus manos. Al salir del bar, tomó una de las calles más solitarias del pueblo y al ingresar a un campo escoltado de eucaliptos, le llegaron los recuerdos de la oficina de Oxapampa, la biblioteca y aquel abrazo redentor. De pronto, se detuvo ante un abismo para contemplar las estrellas. Pero esta vez, al intentar acariciar las SS, descubrió para su decepción, dos rostros como dos gotas de agua, y comprendiendo que el escudo había cumplido su rol, apuntó al vacío y lo lanzó como queriendo arrancarse el alma desde las vísceras.

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(*) Foto: Kattya Lázaro

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