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Por: Marlon Caro Enrique

alfredo-bryce-echeniqueAhora que escribir sobre Alfredo Bryce Echenique parece políticamente incorrecto (porque esto de la literatura tiene, a veces, más de cálculo y estrategia que de cosas realmente literarias), cabe recordar los buenos tiempos, en el que el tema de los plagios era desconocido y había un entusiasmo firme hacia su obra, con las concernientes disquisiciones que una crítica seria amerita. Parece ser que hoy los plagios dan pie a dudar de la legitimidad ya no sólo de sus artículos, sino de su obra en conjunto, e incluso fue un argumento esgrimido por sus detractores cuando se le otorgó, en 2012, el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (otrora Premio Juan Rulfo, “nuestro Nobel que le dicen.”). Hacer un recuento sobre lo que el crítico ha dicho de la producción de este peruano universal se torna, pues, inevitable.

Aunque podríamos detenernos en varias de sus novelas, considero que en el díptico “Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire” (que engloba a las novelas La vida exagerada de Martín Romaña  y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz) constituye el mayor logro literario de Bryce Echenique, y que contiene las claves de su inconfundible narrativa Verdaderas novelas de aprendizaje, el narrador-personaje va descubriendo las múltiples caras del amor, de la identidad y de la clase social, viéndose arrastrado a múltiples situaciones que el autor, sin embargo, cuenta con ese inconfundible tonito bryceano (Wolfgang Luchting): irónico, tierno, de redundancia necesaria para buscar nuevas interpretaciones a un mismo hecho.

Algunas de estas claves las vislumbró ya Marcy E. Schwartz, en su artículo On the Border: Cultural and Linguistic Trespasing… Para Schwartz, “la historia de Martín tiene lugar en los territorios de la transgresión. Se dobla las reglas del lenguaje, sobrepasa los límites de clase y confunde a la separación entre la realidad y la ficción. Este díptico es el resultado de su esfuerzo exagerado para pertenecer y comprender lugares y culturas extranjeras. Su resistencia a la estética desafía los límites de clase y culturales para establecer una frontera sin fronteras.”

Otra clave es también el amor, tal como señaló Antonio Cornejo Polar en 1982: “el tema del amor es donde mejor se aprecia la aptitud del humor para examinar con lucidez – y expresar con ingenio – los pliegues múltiples de un sentimiento, su plenitud y de su deterioro.” El amor es lo que determina muchas de las situaciones (“exageradas”) en las que se ve envuelto Martín Romaña, primero por Inés (su novia limeña, quien en los rocambolescos sucesos del Mayo Francés le reclama su inacción frente a una revolución que nunca llega y quien, finalmente, termina abandonándolo) y luego por Octavia de Cádiz (personaje que se mueve en las dos novelas como una quimera, mitad evocación y mitad realidad, para convertirse en el puente que conecta a ambas novelas).

Lamenta Abelardo Oquendo no estar de acuerdo con Julio Ramón Ribeyro, cuando afirma que la diversidad de interpretaciones que se le pueden dar a la obra “no llega a organizarse en un todo donde el conjunto se equilibre y armonice plenamente como resultado de una definición precisa.” Porque Julio Ramón Ribeyro había escrito una artículo que, desde el título, ya revelaba una rendición incondicional: Habemus genio[1]. La vida exagerada de Martín Romaña es una novela genial y está llamada a dar la vuelta al mundo, cuando traductores inteligentes encuentren equivalencias a los acordes de su lenguaje y el mecanismo de su humor.” Destaca, el autor de Prosas apátridas, el humor de la novela, que “alcanza un registro sin parangón en la literatura peruana e hispanoamericana”, la demolición del mito parisino, “que ha hecho correr tanta tinta sensiblera, arrobada y huachafa”, así como la “tierna y dolora historia de un amor fracasado, de un matrimonio que naufraga en los avatares de Mayo del 68”.

Esto no impidió, sin embargo, que el periodista huancaíno Sandro Bossio Suárez incluyera a Octavia de Cádiz dentro de sus Inolvidables mujeres inventadas, junto a heterogéneas figuras como Helena de Troya, Beatriz, Emma Bovary, Eugenia Grandet, Úrsula Iguarán, La Maga y Urania Cabral, entre muchas otras más. Y no es poca cosa…


Nota: Estas líneas no serían posibles sin la copiosa documentación que ofrecieron César Ferreira e Ismael P. Márquez en “Los mundos de Alfredo Bryce Echenique” (PUCP, Fondo Editorial, 2004). Mi gratitud a ellos.

[1] Ribeyro tiene una visión muy particular sobre la genialidad: “La genialidad no tiene nada que ver necesariamente con la perfección, la medida, ni siquiera el buen gusto, que son cualidades secundarias, al alcance de cualquier escritor de talento. La genialidad no se define, es algo que se siente, un soplo de aire desconocido, un aerolito que cae en un jardín cultivado y que modifica instantáneamente el paisaje. Algo queda allí, algo que sirve de referencia y que es necesario escalar o contornear para seguir adelante.”

 

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