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Por: Carlos Trujillo Ángeles

minotauroTe encuentras en tu cuarto, ya a punto de acostarte, cuando de repente lo oyes otra vez y te invade el pánico. Creías que ya no volvería, sin embargo, escuchas unos pasos fuera y sabes que es él, que vino a buscarte o quién sabe qué diablos hacer, pero está ahí, lo escuchas claramente, cuando superas tu primera impresión de terror. En breve, sales de tu habitación para buscarlo y te encuentras en el amplio pasadizo en donde están los otros cuartos, los de los demás huéspedes. Todo está oscuro. Apenas unos rayos de luna se filtran por las ventanas de un extremo del pasadizo. Sabes que está ahí escondido y aunque el miedo te embarga, eres el único que puede hacerle frente, ya que los demás están dormidos y son vulnerables, tú los debes proteger. Llegas al hall de tu piso, en donde se encuentran las escaleras que van al primer y tercer nivel- una azotea, donde todavía hay unas habitaciones ocupadas-. Miras al pasadizo y notas que la distribución de los compartimientos es dispareja, incluso el mismo corredor se desvía y divide en su ruta al fondo. La casa entera tiene una extraña infraestructura, llena de cuartos diferentes, puertas falsas, pasajes secretos, escaleras y corredores que no llevan a ninguna parte, entre otras excentricidades. Por si fuera poco, está repleta de espejos, que le dan una sensación de mayor espacio y caos. En fin, por todas sus rarezas, aquella edificación es llamada “El laberinto”. Pero tú ya la conoces bien. Hasta entonces, en apariencia todo resulta tranquilo, pero sabes que el acosador se encuentra oculto en alguna parte, por lo que vas a buscarlo en el baño. Entras de sorpresa y al ver que no hay nadie, te retiras dando un respiro, satisfacción que no dura mucho, cuando de nuevo escuchas unos sonidos provenientes de abajo. Sí, lo escuchas con nitidez, sus pasos suenan como las pezuñas de un caballo. El indeseable se encuentra en la primera planta. Bajas a prisa, todavía atento a los nuevos sonidos del infiltrado, pero notas que otra vez se mantiene quieto. Llegas y de inmediato entras en la sala, en donde crees que está. Revisas, bordeando los muebles del recinto, tanteando en las zonas oscuras en donde no llega la luz de la luna. Aquello te mantiene con el corazón en la garganta, porque no sabes cuándo darás con él o si de sorpresa se revela y te ataca. De repente, ves el reflejo de una sombra en el gran espejo del salón, te asustas al creer que es él, pero al darte cuenta sólo era tu sombra. Te alivias. En pesadillas ya lo habías visto o por lo menos te hacías una idea de él: un horrible demonio robusto con grandes cuernos. Sabes que necesitas ayuda, sin embargo, prefieres hacerlo solo, porque quién mejor que tú para dar con él. Total, crees ya conocerlo por haberlo escuchado otras veces y ser el único que lo percibe, ya que los demás dicen nunca haberlo sentido. Cierto o no, tú siempre te has creído mejor dotado que el resto, a quienes ves con recelo al no comprenderte y por ello creerte alguien muy raro. Dejas la sala y vas a la cocina, en donde tampoco lo encuentras, pero de todos modos revisas en las alacenas por si está oculto. Sales y vas al pequeño pasadizo, en donde se encuentra el cuarto de otro huésped y al frente su propio baño, pasadizo que comunica la sala comedor y el patio trasero de la vivienda. Revisas el baño y nada, con sigilo osas entrar en el cuarto del individuo, pero tampoco lo encuentras, sólo ves al tipo durmiendo en su cama. Por un instante, te avergüenza haber entrado ahí, pero sabes que lo haces con buena intención. Revisas otros ocultos compartimientos de la casa, como una escalera que sube a un cuarto escondido entre el primer y segundo piso, un pequeño escondite en el suelo a modo de sarcófago, una pequeña puerta en la pared que es un ducto que conecta con el sótano y una puerta camuflada en el piso de parquet que lleva a él. Revisas en todos ellos y no lo ves. Luego vas al patio trasero, que está completamente iluminado por el claro de luna, y no encuentras nada, sólo ves las dos extrañas escaleras que la decoran: una en forma de caracol por la que se sube de forma directa a la azotea y la otra igual, en medio del patio, por la que no se llega a ningún lado, incluso más alta que la anterior y sólo parece ser un cadalso al abismo. Sientes un alivio y al instante oyes de nuevo pasos, escuchas que alguien sube corriendo por la escalera interior. Lo persigues. Como estás descalzo, no produces ruido al desplazarte. Llegas al segundo piso y creyendo que ahí se encuentra, vas a buscarlo entrando en los cuartos de los nuevos inquilinos. Sabes que es algo loco, pero lo debes hacer, ya que eres el destinado a protegerlos de esa extraña entidad. Revisas cuarto por cuarto, infiltrándote con cuidado, llegando hasta el lecho donde los otros duermen, viéndolos vulnerables, presas fáciles del extraño. Revisas entre sus muebles y espacios ocultos y no encuentras nada. Terminado de revisar todo, de nuevo sales al pasadizo y pones el oído atento al mínimo ruido. Por fin lo escuchas y notas que está arriba en la azotea. Subes, quedándote en la puerta de entrada a dicho piso. Das un vistazo panorámico y no está. Sólo te queda revisar los dos últimos compartimientos de ese nivel. Lo haces tal como lo hiciste antes y tampoco lo encuentras. Te parece muy raro. Como última opción, vas al pequeño muro que sirve de baranda en la parte frontal del alojamiento, de donde puede verse el exterior, y tampoco lo ves huyendo a campo abierto tal como esperabas que hiciera. Muy extraño, te repites, al mismo tiempo que en vano intentas seguir buscándolo afuera. Por último, tras voltear, te distraes con un pequeño montículo de agua empozada en el suelo, que se formó a partir de una lluvia horas antes. Notas que es como un espejo. A través de él puedes ver la luna reflejada y ello te gusta ya que aprecias el encanto de la noche a tus pies. Estás ahí contemplando ello buen rato, apoyado de espaldas al mediano muro, cuando sin querer te quedas dormido.

De repente, un extraño ruido te despierta. Percibes que es el chocar de unos metales contra el suelo. Te alarmas, pues el extraño de nuevo se hizo notar, y corres abajo a la cocina, porque sabes que de ahí provino el ruido, que lo que escuchaste no eran más que unas ollas cayendo al piso. Llegas y cuál no es tu espanto al encontrar el cuerpo inerte del huésped del primer nivel en un gran charco de sangre. Ello te aterra, por lo que huyes a pedir ayuda. Irrumpes de sorpresa en uno de los cuartos de los huéspedes y qué nuevo horror no sientes al ver su cuerpo decapitado en el suelo. Corres a otros cuartos, y en ellos ves iguales imágenes dantescas: personas descuartizadas, sin cabeza, colgadas de las piernas, con las vísceras expuestas, sin ojos, sin órganos y sin miembros. Todo te parece un espectáculo de lo más macabro, digno de un seguidor del demonio o quién sabe si del mismo Diablo. Por último, de nuevo llegas al espejo de agua en la azotea y mientras ves el cielo nocturno reflejado en él, intentas reponerte de lo visto, cuando de casualidad te asomas un poco más y por fin ves una cara demoníaca, con colmillos, pelos, cuernos enormes, ojos de lagarto y un gran hocico bovino. Te asustas y retrocedes. Levantas la cabeza y no hay nadie. Luego, tras asimilarlo, vuelves a acercarte al espejo de agua y lo ves de nuevo. ¡No!, exclamas espantado. Gritas, lloras, te revuelcas, pero al final sólo te queda aceptarlo: tú eres el mismo demonio que acosaba la casa y mataste a todos. Tú eres el minotauro, aquel monstruo condenado a la eterna soledad en el laberinto, quien mata a todos porque no te comprenden, ya que tú sólo eres una bestia despreciable.

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