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Por: Marlon Caro Ojeda

Carnotaurus, Museo de Historia Natual - UNMSM

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”

Es fácil decirlo, pero se complica cuando quieres decirlo breve.

María Isabel Larrea dice que una de las características del micro-cuento es su final súbito, abierto a distintas interpretaciones. Fue eso lo que nos sucedió a un amigo y a mí luego de leer “El dinosaurio” de Augusto Monterroso. Para él, era la persistencia de una imagen pesadillesca; para mí, la supervivencia a la extinción. Ahora sé que ninguno tuvo la razón y que ninguno se equivocó tampoco.

Augusto Monterroso (nacido en Tegucigalpa, capital de Honduras, pero establecido en Guatemala desde los quince años) es un escritor conocido por su colección de relatos breves e hiperbreves. “El dinosaurio” (en Obras completas y otros cuentos) es un el mejor ejemplo que podemos encontrar. Escribí sobre la ambigüedad del tema, pero esa es sólo la punta de una enorme madeja. Para Lauro Zavala (profesor investigador titular de la Universidad Autónoma Metropolitana de México) existen diez razones por las cuales este micro-relato permanece en la memoria colectiva, entre ellas, “una equilibrada estructura sintáctica (alternando tres adverbios y dos verbos), la ambigüedad semántica (¿quién despertó? ¿Dónde es allí?), la pertenencia simultánea al género fantástico (uno de los más imaginativos), al género de terror (uno de los más ancestrales) y al género policiaco (a la manera de una adivinanza) y la condensación de varios elementos cinematográficos (elipsis, sueño, terror).”

Hay más. El orden de las palabras juega también un papel importante. Colocadas de una forma distinta a la original (“Cuando despertó, todavía estaba allí el dinosaurio”, “Cuando despertó, allí el dinosaurio estaba todavía”, “El dinosaurio todavía estaba allí cuando despertó”, entre más posibilidades) hace que pierda su musicalidad, que sea áspera a la lectura o que no tenga la misma fuerza. Nótese que en el original, cada frase separada por la coma termina en palabra aguda.

La conexión con otros temas es también importante. Si nos enfocamos en el sentido literal de la palabra, al enunciar “dinosaurio” podemos remitirnos al pasado y entenderlo como un reptil prehistórico. Al hacer eso, tenemos que pensar en la especie. Hace tiempo vi en la red una adaptación de este cuento en dibujos animados, donde el dinosaurio era un velociraptor. No sé por qué, pero cuando leí el cuento por primera vez, imaginé un braquiosaurus. De pendiendo de la imagen que se forme, para algunos puede resultar aterrador (la adaptación de la que hablé así lo veía), mientras que para otros, incluso tierno (entre sus interpretaciones encontré ésta: una persona ama a un dinosaurio, duerme, y al despertar, éste sigue todavía con ella). Por otro lado, cuando nos centramos en la palabra “despertó”, volamos al mundo onírico. Esto me recuerda a un poema del romántico inglés Coleridge, (“¿Y si durmieras? ¿Y si en tu sueño, soñaras? ¿Y si soñaras que ibas al cielo y allí recogías una extraña y hermosa flor? ¿Y si cuando despertaras tuvieras la flor en tu mano? Ah, ¿entonces qué?”). ¿Y si el dinosaurio, como el poema de Coleridge, salió de nuestra mente y se volvió, con todas las implicancias que eso trae, real? Ah, ¿entonces qué? Es una interpretación más, después de todo.

No podemos pensar en la casualidad en “El dinosaurio”, ni mucho menos en un golpe de suerte de Monterroso. Fuera de “El dinosaurio”, la obra del guatemalteco cuenta con títulos diversos, relatos y micro-relatos en los que el juego de palabras (“Aforismos”), la parodia (“La tortuga y Aquiles”), el sarcasmo (“El eclipse”) son constantes y le otorgan una fuerza adicional a lo que Monterroso en verdad quiere transmitir: la reflexión.

Dije que la principal característica de este cuento es su ambigüedad, la múltiple interpretación que se le puede dar. Tal vez sea así o tal vez no, porque al fin y al cabo, como dice el mismo Monterroso, “hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad”; quizá después de todo, el cuento en sí es sólo un medio y su verdadero valor lo hace el lector, quien a partir de siete palabras elabora todo un mundo divergente, aterrador por momentos y sublime en otros, donde el cuento es sólo una semilla y su germinación, tal vez, no tenga fin.

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Foto: Explorock.wordpress.com (Carnataurus, Museo de Historia Natural de la UNMSM).

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