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Por: Marlon Caro Ojeda.

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Roberto Mansilla

Conocí a Roberto el 2012, a raíz del Concurso de Cuento de la Feria del Libro Zona Huancayo, en el que su cuento, La casona, había obtenido el primer lugar. No sabía entonces que se trataba de un escritor que se encontraba afincado en los Estados Unidos desde los dieciocho años y que había publicado una novela, la desgarradora “Voluntario” (La casa de cartón, 2010). Recientemente, con motivo de la Feria Internacional del Libro de Lima, presentó “Del Pacífico al Atlántico: cuentos desde la otra orilla”, libro que reúne 26 cuentos (trece de Roberto Mansilla, trece del coautor Alfredo del Arroyo Soriano), en los que la distancia (no sólo geográfica, sino etaria, corporal e incluso metafísica) parece ser una constante que lega nostalgia, desarraigo y tristeza, pero crea también lazos que unen a los personajes de forma imperecedera.

Roberto Mansilla Nieto vive en Providence, Rhode Island, y actualmente trabaja en una organización sin fines de lucro, en el cuidado de personas con discapacidades mentales.

-Iván Thays, en una tesis que fue muy criticada, sostenía que sólo había dos formas de ser un escritor en el Perú: o se optaba por el encierro o exilio interior (en una torre de marfil, a la manera de Eguren) o por un destierro efectivo y voluntario (como Vallejo). Tú eres escritor y vives en los Estados Unidos desde los dieciocho años, ¿crees que esta es una apreciación correcta?
Respeto la apreciación del señor Thays, aunque no creo que sean las únicas maneras de cómo lograr ser un escritor en el Perú. Pero sí es cierto que aislarse a veces es necesario. Y viajar y vivir fuera también nos da otras experiencias de vida, y por eso mismo una manera más amplia de vernos a nosotros mismos como seres individuales, y al país que dejamos como sociedad y forma de vida, para rehacernos, casi siempre por obligación y necesidad, en un ambiente completamente ajeno al propio. Ya no somos los mismos una vez fuera. Y esa lejanía nos hace valorar lo antes ignorado, y por eso la añoranza nos empujaa manifestarnos, expresarnos, desahogarnos. Y esto, claro está, aporta a la hora de escribir, sumado a otros factores internos y externos que nos ayuda a la hora de crear ficciones.

-¿Cómo nace la idea de publicar un libro de cuentos entre dos escritores?
Con Alfredo Del Arroyo Soriano, coautor del libro, tengo una amistad personal y literaria que nace el 2009, cuando leo una de sus publicaciones en un blog conformado por peruanos que viven fuera del Perú, llamado El Quinto Suyo. Y es así que, poco tiempo después y como resultado de mis múltiples comentarios, me invitan a participar en el blog con mis cuentos y relatos. Desde ese momento en adelante, entre los miembros del Quinto Suyo nos dedicamos a organizar talleres literarios vía internet, en donde compartíamos nuestras obras, críticas e inquietudes.
En el 2010 publico mi primera novela, y hay un pequeño alejamiento con los miembros del blog, aunque siempre conservé la amistad y el contacto con Alfredo Del Arroyo.
En el 2012 se me ocurrió la idea de publicar un libro de cuentos, donde participemos los miembros activos del blog. A mediados de ese mismo año conversé con Alfredo para contarle mi idea, y se mostró interesado con el proyecto desde el primer momento. Y es él mismo quienconvocó a los escritores Luis Martín Valdivieso Arista y Pablo Dante Perleche Hurtado. Ambos aceptaron, pero con el pasar del tiempo y por cosas de la vida, no se pudo concretar el proyecto original.
Por un momento tuve la idea de dejar todo de lado, pero Alfredo me animó a que publiquemos de todas maneras entre nosotros dos. Es así que nos dimos a la tarea de seleccionar y añadir algunos cuentos más, para lograr un libro compacto y variado.
Una vez terminado el texto me puse en contacto con el editor de mi primera novela, Sandro Chiri, literato y poeta peruano, que aceptó el proyecto y nos apoyó desde el primer momento. Y fue él mismo quien nos consiguió el espacio para presentar nuestra obra en la Feria Internacional del Libro 2013 (Lima).
A Alfredo Del Arroyo no lo conocía personalmente, y, curiosamente, la primera vez que nos pudimos dar un abrazo fue en la misma feria. Yo había llamado a su casa para pactar un encuentro, y su pequeña hija me dice que su papá estaba en la feria, sin celular.
Decidido a encontrarlo me enrumbé hacia allá, y al llegar, vi una inmensa cola en la entrada, porque esa noche había un concierto de un conocido cantante. Por un instante me desanimé, sabiendo que sería casi imposible encontrarlo entre miles de personas, pero al final decidí intentarlo. Y para mi sorpresa, después de sólo tres minutos, caminando entre un sinnúmero de personas, Alfredo se cruzó justo delante de mí.
-¡Alfredo!- le grité, y él volteo y nos dimos un efusivo abrazo.
Y ambos coincidimos, en ese momento, que la Feria había sido el lugar más idóneo, entre tantos libros, editoriales y cultura, para conocernos en persona por primera vez.

-La migración (huyendo de la violencia o en busca de nuevas oportunidades) fue un fenómeno cuyos efectos se sintieron en la economía y en la sociedad. ¿Qué nos puedes decir sobre la migración y sus efectos en la literatura?
Como dije anteriormente, el vivir fuera, el viajar, el conocer otras culturas, aporta a la hora de crear. Pienso que la migración en la literatura la enriquece. Los escritores escribimos gracias a esa gran o pequeña habilidad que tenemos, gracias a nuestras lecturas y experiencias de vida, y el haber dejado el país de origen, en muchas ocasiones, es un recurso más que puede ser bien utilizado.

-Es una apreciación muy particular, pero he sentido en algunos de tus cuentos una fuerte carga de nostalgia, de búsqueda de algo que se ha quedado atrás y que parece irrecuperable.
Es correcta esa apreciación. Cuando nos vamos la gran mayoría dejamos mucho detrás, a veces de forma temporal, y otras veces para siempre. Y el recuerdo de la familia, de los amigos, de las calles y costumbres, es fuente de inevitable nostalgia, incluso, después de muchos años viviendo fuera de nuestra tierra.

-En uno de tus cuentos, La última despedida, pareces anticipar el retorno de este largo viaje que es ser inmigrante. Imagino que este deseo es algo que comparten muchos inmigrantes…
Sí. Muchos sueñan con volver. Es más, creo que es el sueño original de casi todo recién llegado. Pero con el pasar de los años, muchos también cambian de opinión, y regresan a su tierra de manera esporádica y temporal, de visita, y descartan la posibilidad de volver un día para siempre.

-Otros de tus cuentos, en mi opinión mejor logrados, es El detente de mi hermano, en el que la nostalgia proviene de un drama familiar que aflora cuando la protagonista ve, en pleno Manhattan, una procesión del Señor de los Milagros. Yo veo dos niveles de añoranza en este cuento, uno sobre la familia y el otro sobre la tradición. ¿Qué nos puedes decir tú?
En una conversación acerca de su creación literaria, Gabriel García Márquez afirmó que la fuente de creación es al fin y al cabo siempre la realidad, y el cuento El detente de mi hermano es precisamente eso, una ficción basada en hechos reales, y donde se encuentran, como tu bien has percibido, el dolor por la pérdida de un ser querido que ya no habita entre nosotros, y las tradiciones que tanto se extrañan una vez lejos.

-Cuéntanos un poco de tu relación con Huancayo y Huancavelica.
De niño solía ir con mi abuela a Huancayo, a visitar a los familiares que allí teníamos, y que gracias a Dios todavía tenemos. Nos hospedábamos en la casa de mi tía, sobrina de mi abuela, frente al hospital Carrión. Recuerdo que con mis primos recorríamos esas polvorientas calles en bicicleta. También nos gustaba ir al río Mantaro a cazar ranas. Era increíble la cantidad de ranas, de todos los tamaños, que en esa época había. Sólo teníamos que levantar una piedra y salían saltando. Siempre recuerdo lo mucho que me impresionó el color ladrillo de las aguas del río, y un estrecho puente colgante que lo atravesaba. En el 2001 volví después de veinte años, y todo estaba muy cambiado. Visité a mi tía, y al entrar a la casa donde de niño correteaba, persiguiendo a los cuyes que se escapaban del corral, me pareció mucho más pequeña de lo que la recordaba, y al abrazar a mi tía, el recuerdo de mi abuela ya fallecida un par de años atrás, invadió mi pecho, y en ese momento supe que tenía que volver más adelante, con el tiempo suficiente para quedarme una buena temporada. Y de eso ya han pasado doce años, y espero pronto poder hacerlo.
Mi abuela nació en Huancavelica, en el distrito de Paucarbamba, provincia de Churcampa. No sé mucho de su vida de niña y joven, es por eso que quiero ir a Huancayo, para conversar con los viejos de la familia y así saber más de los orígenes de mi querida abuela.
-Como el personaje de tu cuento La última despedida, ¿podemos esperar que Roberto Mansilla vuelva, así como otros tantos inmigrantes, para ya nunca más partir?
Si esta pregunta me la hubieses hecho diez años atrás, la respuesta hubiese sido, sí, sin ninguna duda. Pero ahora, veintiséis años después de mi llegada a este país, esa idea ha variado un poco. Claro que sí me gustaría volver y hacer de mi tierra mi base de operaciones, pero siempre con la libertad de poder viajar, no sólo a Estados Unidos, sino a cualquier parte del mundo donde la vida y la literatura me puedan llevar.

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